jueves, octubre 29

Viaje

Las mañanas solían tener ese tono ridículo. Una taza con té verde bostezando la monotonía del matrimonio como un síntoma cartesiano ineludible, Helena resistiéndose a la idea de las almohadas de mayólica, prefería la seguridad del algodón, en cambio a mí me parecía que la porcelana servía para todo. Taza una té con verde, el orden del producto no cambiaba los factores: aburrimiento y hastío.

Esa mañana salimos a conocer la nieve, ella se malhumoraba si conducía más de cuatro horas seguidas por lo que me adueñé del volante, rápidamente entramos en el interior de un camino jorobado, Helena temía que nos desplomáramos hacia el abismo, así que reduje la velocidad, ella conversaba sobre el viaje, entusiasmada en construir una nueva felicidad en el peregrinaje, yo sonreía, le ofrecía caramelos y pensaba en animales salvajes y extintos, generalmente reptiles.

Mientras conducía soñé que corría dentro de una serpiente, había un museo con una larga galería zizagueante cubierta de alfombras, entre los cuadros reconocí la Femme devant le soleil de Miró, alumbrado por un par de escamas de pez dorado; Cuando desperté un diluvio de tierra nos había caído encima, Helena me abrazaba desesperada y llorando, vamos a morir, yo la miré abstraído, la cima de la montaña se desplomó hasta la carretera sepultando una docena de carros a la vez, vamos a morir, seguí mirándola sin ojos porque estaba oscuro y la descubrí hermosa.

Se evaporaron las jorobas de la montaña y escaparon los dinosaurios de sus cáscaras, de repente sentí un soplido atravesando la comisura de mis labios, Helena pretendía sostenerme con sus pulmones, coloqué una mano en su boca para que conservara su propia respiración, ella entendió, la abracé, nos miramos en esa pausa entre la paz y el caos, nos besamos por primera última vez, ella me buscó a través de la ausencia de oxígeno y el sudor de sus poros contra los míos, yo penetré el boscaje de sus cabellos, dibujé enteramente su cuerpo en la oscuridad del embozo, la ropa se desvaneció entre la ferocidad pacífica de nuestro deseo dando paso a un espectáculo onomatopéyico apoderándose de cada resquicio vacío de aire. Allí estaba la muerte entre nosotros, feliz y sin aliento, al final de ese viaje.


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6 comentarios:

Oriana dijo...

cómo adoro lo que hacen tus dedos, tus trazos.

Aymará dijo...

Ahora entiendo el porqué de tu invitación a leerte.

La muerte convierte a todo lo vivo en algo interesante y único. Aferrarse a la vida le llaman algunos, otros le llaman miedo a lo desconocido. Yo lo llamo fascinación por el misterioso ciclo vida-hastío-muerte...

Excelente relato.

Vanessa Dibar dijo...

Éste me quitó el aliento cuando lo leí. ¿Qué más se le pude pedir a un texto?. Es genial! Un abrazo.

Elizabeth dijo...

simplemente hermoso y cautivador :)
bravo!

|andi.na| dijo...

a qué sabia esa muerte?
a té verde?

nicol dijo...
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